Publicado el 16 de octubre de 2026
El 24 de junio de este año, un violento terremoto remeció el área de La Guaira, en Venezuela. Menos de dos meses más tarde, el 10 de agosto, el turno fue del Departamento del Chocó, en Colombia. Apenas seis días después, el 16 del mismo mes, el mundo se conmovía con la noticia de un masivo deslizamiento de tierra en la zona fronteriza entre China y Nepal, el cual arrasó con pueblos y ciudades a su paso, cobrándose la vida de cientos de personas.
A primera vista, podría pensarse en una coincidencia trágica, sin embargo, aunque no existe una relación de causalidad entre estos tres eventos, sí comparten un hilo conductor crucial y esta sería que la magnitud de cada desastre, fue desencadenada por la alteración súbita de las condiciones del suelo local.
En los casos de Venezuela y Colombia, la amplificación y aceleración de las ondas sísmicas superficiales (principalmente las ondas “Rayleigh (R) y Love (L)”) crearon las condiciones críticas para la pérdida de sustentación del terreno. Esto provocó asentamientos severos y la falla de las cimentaciones de múltiples estructuras, derivando en rupturas mecánicas continuas y el posterior colapso de las edificaciones. Desde la perspectiva geotécnica, en ambos eventos convergieron tres fenómenos principales:
- Licuación de suelos en depósitos costeros y aluviales.
- Desplazamientos permanentes del terreno por deformación tectónica y dinámica.
- Inestabilidad crítica y colapso de laderas.
Por su parte, la tragedia en la frontera entre China y Nepal tuvo un origen distinto, pero igualmente devastador. El colapso de una masa glaciar de aproximadamente 600 metros de ancho impactó violentamente sobre una ladera, descendiendo cerca de 1200 metros hasta alcanzar el cauce de un río. Allí se transformó en un flujo de detritos hiperconcentrado que descendió pendiente abajo destruyendo todo a su paso.
Para explicar la dinámica de estos desastres se recurre a la reología, la rama de la física y la mecánica de suelos que estudia el flujo y la deformación de la materia (transicionando entre comportamientos elásticos, plásticos y viscosos). Cuando el suelo alcanza niveles críticos de saturación de agua, su resistencia al esfuerzo cortante cae drásticamente, el material deja de comportarse como un sólido rígido y pasa a fluir casi como un líquido de alta densidad. Este fenómeno de deformación y flujo (que abarca desde la solifluxión hasta los aluviones y flujos de detritos, ya sean lahares o debris flows) incrementa vertiginosamente su energía destructiva a medida que la pendiente es más pronunciada y extensa.
¿Puede ocurrir un evento de esta magnitud en nuestro territorio?
La respuesta es sí, de hecho, ya ocurrió en ambos ejemplos. En abril del 2007 se produjo en Aysén, un terremoto de magnitud 6.2, si bien al sur de la península de Taitao se tiende a desacelerar la subducción de la placa de Nazca bajo la sudamericana, dicho sismo tuvo origen en condiciones locales, asociado a las múltiples fallas activas en el área del Fiordo Aysén a lo largo del Sistema de Fallas Liquiñe-Ofqui en los Andes Patagónicos, que en dicho caso particular se activó principalmente por la falla de Punta Cola, y en que coinciden?, en que sus epicentros ocurrieron a baja profundidad.
Por otro lado, el trágico 16 de diciembre de 2017, la localidad de Villa Santa Lucía fue testigo directo de cómo la combinación de lluvia torrencial, saturación de suelo y desprendimiento de material puede borrar un poblado en minutos.
Frente a escenarios climáticos de difícil pronóstico para la región (donde convergen el aumento del peso sobre el suelo en ladera por el desarrollo vegetacional y la ocurrencia de lluvias intensas e isotermas altas), el riesgo de desencadenar remociones en masa se incrementa sustancialmente.
Monitorear físicamente cada kilómetro de un territorio tan extenso y complejo como la Región de Aysén mediante inspección directa es una tarea inviable. Por ello, se vuelve urgente avanzar hacia el desarrollo de Sistemas de Alerta Temprana (SAT) integrados, que combinen Sistemas de Información Geográfica (SIG), percepción remota y modelación matemática alimentada con una adecuada caracterización física y geotécnica de los suelos de Aysén, para identificar zonas de amenaza incipiente y transformarla en una herramienta efectiva para la planificación, la continuidad territorial y la protección de la vida humana.

