Publicado el 24 de junio de 2026
Entre abril y septiembre se concentra la temporada de gestión de episodios críticos de contaminación atmosférica. Los datos no son muy alentadores: en 2024, el 47% de los días de ese periodo registraron mala calidad del aire; en 2025, la cifra alcanzó el 40%. Y en lo que va de 2026, entre abril y la primera semana de junio, se registraron 23 días con aire de mala calidad. Los números fluctúan, pero el problema persiste. ¿Por qué, tras años de planes de descontaminación, seguimos respirando humo cada invierno?
Los resultados de la encuesta aplicada en 2024 a 670 hogares de Coyhaique y Puerto Aysén, en el marco del Proyecto FIC «Ciencia y Ciudadanía para enfrentar la Contaminación Atmosférica», ofrecen tres claves para abordar esta pregunta.
La primera: la contaminación no es producto de malas decisiones individuales, sino de condiciones estructurales de desigualdad energética. La leña es la principal fuente de calefacción del 71% de los hogares, pero su uso está socialmente estratificado: supera el 75% en los hogares de menores ingresos y cae al 40% en los de mayores ingresos. Un cuarto de los hogares declara que sus ingresos no alcanzaron para cubrir los gastos de calefacción y el 42% debió limitar su uso por razones económicas. No sorprende que el recambio de calefactores se concentre en los tramos altos (40-44%) y sea marginal en los bajos (21%). Mientras la transición energética esté atravesada por la capacidad de pago, la descontaminación seguirá siendo un privilegio.
La segunda: percibimos la contaminación como un problema que producen otros. El 67% evalúa como mala la calidad del aire de su ciudad, pero solo el 10% la considera mala en su propia vivienda, y el 85% cree que su calefacción genera poca o ninguna contaminación. La responsabilidad siempre está afuera. A ello se suma que en Coyhaique solo el 20% de los hogares que usan leña están dispuestos a postular al recambio y casi la mitad desconoce cómo hacerlo. Descontaminar requiere construir ciudadanía ambiental, información accesible y sentido de eficacia. Quienes sienten que pueden incidir están más dispuestos a cambiar.
La tercera: la calefacción es, en el fondo, un problema de habitabilidad y de salud. El 64% de los hogares sintió frío en su vivienda el último invierno, y la asistencia a urgencias por problemas respiratorios sube del 25% entre quienes no sintieron frío al 36% entre quienes sintieron frío en el interior de la vivienda. La calidad del aire se juega tanto en la atmósfera como dentro de las viviendas.
¿Qué podemos hacer? Poner la equidad en el centro, focalizando el recambio y el acondicionamiento térmico en los hogares que no pueden costearlos y simplificar y difundir los mecanismos de postulación. El aire de Aysén no mejorará culpando a quienes se calefaccionan como pueden, sino garantizando que todas y todos puedan calefaccionarse sin contaminar ni enfermar. Esa es la transición justa que nuestra región necesita.

