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El sentido y la misión de la universidad pública en Aysén

Publicado el 30 de abril de 2026

Acceder a la educación ha sido para Aysén y sus pobladores, un gran desafío desde el inicio del poblamiento. Aún hoy hay comunas que deben enviar a sus hijos a cursar educación media lejos de sus hogares. A comienzos de 1900, las familias junto con construir sus casas, destinaban fuerza de trabajo y exiguos recursos a construir pequeñas e improvisadas escuelas donde educar a sus hijos. De este modo, Aysén y sus pobladores, desde inicios del siglo XX, han situado la educación como una demanda social prioritaria.

En mi desarrollo académico, como investigadora de memorias históricas, he tenido el privilegio de conocer relatos de pobladores y pobladoras desde Villa O’Higgins hasta las Guaitecas, donde se evidencian experiencias de separaciones tempranas de niñas/os y preadolescentes para acceder a la educación. Entre estos testimonios, destaca el de Nerta Orellana, hija de familias pioneras y profesora icónica de la región, quien recuerda haber asistido a una incipiente escuela en Valle Simpson y haber cruzado a los siete años el río del mismo nombre a caballo para llegar a clases. Posteriormente, decidió continuar estudios superiores, lo que implicó migrar fuera de la región. “Me había prometido ser profesora y hacer mi primera clase en la Escuela de Valle Simpson… y así fue”, relata en una entrevista realizada en 2017. Ese mismo año, en el contexto del inicio de actividades académicas de la Universidad de Aysén y con motivo del Día de la Mujer, surgió el interés por indagar en las memorias de mujeres que dejaron la región en busca de educación superior. El testimonio de Nerta, situado en la década de 1950, se suma a múltiples relatos que muestran cómo la educación ha sido una aspiración transversal, canalizando esperanzas hacia una vida más digna.

Desde 2017 he podido participar en la formación de jóvenes que han ingresado a la Universidad, a algunos de ellos les he acompañado hasta sus exámenes de titulación. De este modo he podido asistir a la transformación de trayectorias vitales de jóvenes y sus familias y he observado cómo la educación va progresivamente redibujando sus historias de vida. Estas transformaciones que se experimentan a nivel cotidiano, alcanzado rincones apartados de Aysén, me recuerdan el sentido de la universidad pública y la misión que cada uno de nosotros tiene dentro de esta institución.

En este sentido, la Secretaría General de la Universidad de Aysén, podría verse distante a estos procesos, como una labor eminentemente administrativa y jurídica, ajena a los jóvenes y sus contingencias, sin embargo su misión también puede ser pensada como un garante de servicio público transparente, que organice su quehacer cotidiano, cautelando en cada acto, el sentido último o “primero” de la universidad, el cual es brindar una educación de calidad a los y las jóvenes de Aysén.

Quienes estamos mandatados a proveer una educación de calidad comprendemos que cada una de nuestras acciones forman parte de una compleja trama de decisiones que tributa a un sentido superior, así creo que el rol de Secretaría General debe contribuir a cautelar que cada una de nuestras acciones debe tributar a un sentido de excelencia, como lo exigió la demanda social del año 2012 y como nos recuerda nuestra memoria histórica donde Aysén ha exigido, desde siempre, una educación digna y de calidad para sus hijos e hijas.