Publicado el 1 de julio de 2026
Hay conocimientos que no caben en una planilla ni en un gráfico. Para comprender un territorio, a veces hay que escuchar. Eso hicimos en el proyecto «Semillero y gobernanza de emprendedores/as para el desarrollo sostenible de la soberanía alimentaria de la Región de Aysén», que reunió a productoras, estudiantes y actores del territorio en torno a una pregunta simple y profunda: ¿qué sienten, qué les preocupa y qué sueñan quienes producen nuestros alimentos? Para muchos, trabajar la tierra no es sólo una actividad económica, sino una forma de vida, identidad, autonomía, de cuidado personal, familiar y comunitario. «Yo sé perfectamente lo que estoy comiendo porque lo cultivé», resumió una participante. Pero detrás de cada cosecha hay una realidad a menudo invisible: el clima, las distancias, los costos de transporte y las dificultades de comercialización exigen una enorme capacidad de adaptación. Esa resiliencia transcurre en un Aysén donde parecen convivir dos tiempos, es decir, el de la naturaleza, con ciclos que no pueden acelerarse, y el de las instituciones, con sus plazos y rendiciones. Cuando ambos no dialogan, las comunidades rurales reconocen que surgen barreras concretas de brecha digital, de pérdida de saberes tradicionales, de falta de infraestructura habilitante como redes logísticas y de comercialización, sumados al envejecimiento rural sin relevo generacional y la doble carga de muchas mujeres que sostienen emprendimientos y las labores de cuidado.
Como Universidad de Aysén, creemos que escuchar estas voces también es hacer ciencia. Hace treinta años, cuando la soberanía alimentaria recién emergía y era impulsada por “La Vía Campesina” en la Cumbre Mundial de la Alimentación de la FAO (Roma, 1996), hablar de ello en Aysén parecía lejano. Hoy es una conversación viva en nuestros campos, y no se trata sólo de producir alimentos, sino de quién los produce, cómo y qué papel cumplen en la salud, la cultura y la identidad. El futuro agroalimentario de Aysén no puede esperar y no podemos ignorar que nuestro sistema alimentario arrastra una fragilidad de fondo ya que cerca del 90% del abastecimiento llega desde el norte y los costos de producir y transportar siguen incrementándose. Frente a ese escenario, debemos enfrentar el cambio climático con inteligencia, junto a las voces del mundo rural y a la innovación de la academia, en una quíntuple hélice activa de desarrollo. Porque la soberanía alimentaria nos invita a mirar el sistema en toda su complejidad desde gobernanza, cultura, salud, comercialización, infraestructura, encadenamientos productivos y articulación con otros sectores. No es una teoría importada, sino una preocupación concreta por alimentos saludables, el cuidado de la tierra y un futuro más autónomo. Al imaginar Aysén hacia el 2040, emerge una visión compartida en el proyecto en términos de expectativas que ve cooperativas fortalecidas, una educación técnico-profesional más vinculada al territorio, instituciones más cercanas a las comunidades y una producción reconocida por su calidad, sostenibilidad e identidad local. Alcanzarla dependerá de nuestra capacidad de escuchar, colaborar y entender que la soberanía alimentaria no significa prescindir de toda dependencia externa, sino decidir de forma autónoma cuáles asumir y en qué términos.

